El boleto negro (Boletus aereus) es un hongo termófilo (que requiere temperaturas elevadas tanto en el suelo como en la atmósfera para fructificar). Su comportamiento varía enormemente según la geografía, mostrando diferencias muy llamativas entre las provincias del sur y las tierras de la meseta central.
Diferencias entre el sur y la meseta
Al comparar los hábitats de Cádiz, Málaga o Huelva con los de provincias como Soria, Segovia, Madrid o Guadalajara, se observan contrastes notables. En el entorno de Cádiz, los alcornocales crecen sobre suelos ácidos. Existen alcornocales de costa asentados sobre arena suelta, muy similar a la de una playa, y alcornocales de sierra en el interior, ubicados a unos 300 o 600 metros de altitud sobre suelos de piedra arenisca.
El alcornoque destaca como uno de los mejores árboles para el desarrollo de hongos, a la altura del pino silvestre (Pinus sylvestris). Los ejemplares de boleto negro vinculados al alcornoque en el sur alcanzan un tamaño y una intensidad aromática muy superior a los que se asocian a robles o encinas en la meseta, donde suelen ser más pequeños y menos perfumados.
La influencia de la temperatura del suelo
La temperatura terrestre determina el final de la temporada de fructificación, cuyo límite mínimo se sitúa en los 14 o 15 grados. En el sur, especialmente en Cádiz, el suelo mantiene temperaturas templadas por encima de este umbral hasta diciembre o principios de enero, permitiendo brotes muy tardíos. Por el contrario, en la meseta, la llegada del frío a finales de octubre desploma rápidamente la temperatura del suelo por debajo de los 14 grados, dando por terminada la campaña de otoño.
Los brotes primaverales
Aunque se considera una seta típicamente otoñal, el boleto negro ofrece llamativos brotes en primavera. En la meseta central, la fructificación de primavera o principios de verano se produce entre junio y julio, estimulada por las tormentas y el aumento del calor. Si en estas zonas el frío otoñal se adelanta a septiembre, la cosecha de primavera llega a superar con creces a la de otoño.
En el sur, las grandes floradas de primavera presentan una particularidad muy concreta que he podido constatar a lo largo de mis 25 años de experiencia de campo: ocurren de forma exclusiva en los alcornocales de costa. Aunque en la sierra interior puede aparecer algún ejemplar aislado, las fructificaciones masivas se restringen al litoral arenoso. Este fenómeno es poco frecuente, dándose aproximadamente una vez cada seis o siete años, cuando a un invierno seco le sigue un periodo de lluvias abundantes entre finales de marzo y mediados de abril. El agua cae sobre una tierra seca que ya supera los 14 o 17 grados, combinada con temperaturas del aire de entre 28 y 35 grados, lo que desata una floración espectacular durante el mes de mayo que puede prolongarse hasta junio.


