La Amanita rubescens, conocida comúnmente como amanita enrojeciente, es una seta bastante habitual en toda la geografía española. La solemos ver vinculada sobre todo a bosques de planifolios o caducifolios, aunque tampoco es raro encontrarla asociada a pino silvestre en bastantes ocasiones.
Lo curioso viene cuando te topas con un ejemplar como este, recolectado directamente en un bosque de pino piñonero de costa. Dar con una Amanita rubescens en este tipo de pinar litoral es algo sumamente extraño.
La memoria del suelo forestal
Pensando en cómo ha llegado esta seta hasta aquí, la explicación más lógica tiene que ver con la historia del terreno. Antiguamente, esta franja costera estaba ocupada por un alcornocal que terminó degradándose, quemándose o muriendo hacia principios del siglo pasado. Más adelante, allá por las décadas de los cincuenta y sesenta, la zona se repobló por completo con pino piñonero.
Lo más probable es que el micelio de la Amanita rubescens estuviese micorrizando aquellos viejos alcornoques. Cuando el árbol original desapareció y entraron los pinos de repoblación, el hongo, para no morir y asegurar su propia supervivencia, acabó agarrándose a la raíz del pino piñonero. Aunque no tengo esta hipótesis contrastada a nivel científico en laboratorio, la experiencia de campo me dice que tiene todo el sentido.
El caso similar de Lactarius chrysorrheus
Este comportamiento adaptativo lo he observado también en otras especies del bosque mediterráneo. Sucede de forma muy parecida con el Lactarius chrysorrheus, un hongo que típicamente sale asociado a quejigos y alcornoques. Cuando estos árboles de hoja ancha se pierden pero quedan pinos alrededor, el hongo micorriza el pino, sobre todo el piñonero en zonas costeras.
Precisamente hoy he vuelto a ver varios ejemplares de Lactarius chrysorrheus en un rodal dominado al cien por cien por pinos, donde cualquier rastro de los antiguos alcornoques desapareció hace ya bastante tiempo.

