Las temperaturas que necesita un boleto negro (Boletus aereus) en los robledales de Guadarrama, ya sea en la zona de Madrid o de Guadalajara, no son las mismas que requiere en los alcornocales de la costa de Cádiz. Cada seta, dentro de su ecosistema, de su provincia e incluso de cada finca u orientación, exige unos valores específicos tanto en el ambiente como en el suelo.
La temperatura del suelo y la profundidad del micelio
Para entender cuándo va a brotar una especie, hay que medir la temperatura del suelo a la profundidad donde se encuentra el micelio. En el caso de los boletos, este suele estar a unos de ocho a doce centímetros bajo la superficie. Si la temperatura de la tierra está muy por debajo de su punto óptimo, la fructificación no ocurrirá. Por eso se diferencia entre setas termófilas, que requieren temperaturas más cálidas, y no termófilas.
Dentro de los boletos comestibles más buscados se encuentran cuatro especies principales: el boleto negro (Boletus aereus), el boleto pinícola (Boletus pinophilus), el boleto reticulado (Boletus reticulatus) y el boleto comestible (Boletus edulis). Cada uno tiene su propio rango térmico de fructificación.
El registro de los quince días
Para prever la aparición de estas setas, conviene analizar tres parámetros durante las dos semanas posteriores a las primeras lluvias, que es el tiempo medio aproximado que necesitan para desarrollar sus primeros cuerpos fructíferos. Se debe registrar la temperatura mínima media y la máxima media del aire de esos días, así como la temperatura media del suelo tomada en jornadas alternas.
A pesar de estas estimaciones, las setas no entienden de matemáticas. El plazo de quince días es solo un promedio. Un brote puede aparecer a los ocho días, a los cuarenta y cinco o a los sesenta días de las lluvias. Como suele decir Antonio Caballero, un gran experto en este campo, nadie entiende realmente de setas; para encontrarlas, es imprescindible salir al terreno y patear el monte.
El contraste térmico como detonante
En la provincia de Cádiz, el boleto negro necesita que la temperatura del suelo ronde los catorce o quince grados, mientras que en las provincias del interior este valor puede ser ligeramente inferior. En los Alcornocales, en altitudes bajas por debajo de los cuatrocientos metros, el micelio está habituado al calor. El ambiente óptimo durante el día se sitúa entre los veinticinco y los treinta y cinco grados de máxima.
Sin embargo, aunque llueva y las máximas sean idóneas, las setas no brotarán si las temperaturas mínimas nocturnas no acompañan. El micelio del boleto negro necesita un contraste térmico marcado entre el día y la noche para activarse. En el sur, durante septiembre y principios de octubre, es frecuente que las mínimas no bajen de los veinte o veintidós grados. Si el día registra veintisiete grados con ambiente brumoso y viento flojo, y la noche se mantiene en veintitrés grados, el micelio permanecerá inactivo debido a la falta de oscilación térmica en la superficie.
Este fenómeno se observa con claridad al comparar estas condiciones con las de los robledales de Guadalajara durante la primavera. Allí, con temperaturas en el suelo que pueden rondar los doce grados, las noches frías de cuatro grados seguidas de días soleados de veinticinco grados generan un choque térmico muy fuerte que desencadena la aparición de los boletos. En la costa gaditana, los otoños con mínimas excesivamente altas están retrasando las floradas, y en ocasiones el frío llega de golpe sin haber permitido que las setas fructifiquen.


