El Boletus erythropus es una seta que suele dar la cara al cierre de la temporada. En bastantes zonas de España resulta abundante, pero por el sur, en provincias como Cádiz, Málaga o Huelva, la cosa cambia. No es que sea una especie rarísima, pero sí se deja ver poco. El año pasado encontré algún ejemplar aislado, y lo habitual para mí es toparme con tres o cuatro en todo el otoño, casi siempre hacia finales de noviembre o primeros de diciembre.
La resistencia frente a los primeros fríos
Este boleto tiene un ciclo largo y, junto con el Boletus luridus y el Boletus badius, es de los que mejor aguantan el frío cuando las temperaturas empiezan a desplomarse. Andando por un setal de costa, muy pegado al estrecho de Gibraltar, la temporada sigue la misma tónica floja, casi inexistente. Salieron un par de yemas, un ejemplar de boleto negro y estos dos Boletus erythropus que asomaban entre la hojarasca.
Diferencias en el pie para no confundirlo
Tiene un aspecto parecido a otros boletos que azulean al corte y que lucen poros y tubos rojizos o anaranjados. La clave clara para distinguirlo está en el tronco: el Boletus erythropus presenta un punteado rojo fino y carece de malla. Otras especies similares, como Boletus rhodopurpureus o Boletus luteocupreus, muestran una retícula bien marcada, normalmente rojiza, acompañada además de un olor nada agradable.
Por qué prefiero dejarlo en el bosque
Aunque su carne toma esos tonos azules tan llamativos que a muchos echan para atrás, se trata de un buen comestible. Yo, la verdad, no suelo meterlo en la cesta. Salen tan pocos por estos montes que apenas merece la pena, y el sabor de su carne tampoco me entusiasma tanto. Viniendo ya con alguna yema y algún hongo negro, como los que uso para preparar unos huevos con Boletus aereus, no hace ninguna falta cogerlo. Se queda mucho mejor en el pinar soltando esporas para que la especie se mantenga por la zona.

